octubre 22, 2026

La caída de Sánchez Zumaya: del mito del Gallo a la fuga sin fuero

La caída de Gerardo Sánchez Zumaya dejó de ser un rumor y se convirtió en una evidencia política. A escasas semanas del arranque formal del proceso electoral en San Luis Potosí, el empresario que se vendió como el “Gallo” terminó reducido a una figura acorralada. La dirigencia del Partido del Trabajo, con Alberto Anaya Gutiérrez, confirmó que se encuentra fuera de México, justo después de que la Unidad de Inteligencia Financiera congelara sus cuentas y las de su círculo familiar. Su renuncia a la contienda no respondió a motivos personales, sino al peso de investigaciones por simulación de operaciones, lavado de dinero y contratos irregulares con Pemex. El mito del magnate bienintencionado se desmoronó y reveló que su ambición no era servir a los potosinos, sino conseguir el fuero constitucional que lo protegiera de la justicia.

La fuga del pasado 24 de septiembre confirmó el tamaño de su desesperación. Sánchez Zumaya había construido una campaña anticipada con dinero turbio y una red de complicidades que empezó a caer cuando sus protectores de alto nivel, como Adán Augusto López Hernández, y su círculo cercano, como Héctor Manuel Portales Ávila, entraron en la mira. Al perder la liquidez que alimentaba su proyecto, el supuesto intocable quedó paralizado. Su comunicado no aclaró nada: solo dejó ver culpabilidad y miedo. También quedó al descubierto su regionalidad simulada, pues solo se acordó de San Luis Potosí cuando fracasó en Tabasco y necesitó un nuevo escenario para vender su discurso. La etiqueta de huasteco le queda grande, igual que su promesa de defender a las familias potosinas.

El hundimiento arrastró a sus aliados oportunistas. Quienes ayer lucían el chaleco guinda y juraban aborrecer al PRIAN hoy mendigan candidaturas y cobijo en la misma oposición que criticaban. A esos personajes nunca les importó el bienestar de la gente, sino el reparto de cargos y posiciones. La lección es clara: lo que sepultó a Sánchez Zumaya no fue una conspiración, sino su ego desmedido, su soberbia y la certeza ingenua de creerse intocable frente a las instituciones. San Luis Potosí le cerró la puerta a la impunidad y demostró que el dinero turbio no compra dignidad política. Su aventura efímera deja un precedente: quien quiera gobernar debe servir a la sociedad, no ampararse en el fuero ni huir cuando la ley lo alcanza.